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domingo, 18 de abril de 2010

SOY TORRISI, UNA TORRE QUE NO SE QUIEBRA JAMÁS



(¿Cómo, el deseo no es siempre el mismo, esté presente o ausente el objeto? ¿El objeto, no está siempre ausente? –no es la misma languidez: hay dos palabras: Pothos, para el deseo del ser ausente, e Himeros, más palpitante, para el deseo del ser presente.)

No siempre los domingos son geniales. A veces, en la penumbra, tanteo los lugares por donde solía pasar mi padre y coloco mis manos en donde quedaron sus huellas. Sé que por más que establezca ese conjuro, no regresará a mi lado. Pues nunca ha ocurrido.

Me pregunto qué extraño de él, y no sé qué palabras utilizar. Porque no lo extraño porque no está, es un extrañamiento anterior, visceral, de ver cuándo se iba cayendo como la torre. (Torrisi, torre)

Una vez fui a una mina que me tiró las cartas. No creo en nada que pueda estar sujeto a la interpretación del otro. Considero que la interpretación de cualquier texto varía con cualquiera que así lo crea. Y si tenemos en cuenta que todo texto es plural, entonces cada interpretación, cada lectura o reescritura, también lo es. Es por eso que pensé hasta qué punto la interpretación de la sujeta podría valer la pena. Sin embargo, sola en pleno Dardo Rocha, consideré que era mejor que el Destino dejara algo para emocionarme o conmoverme, o tan solo que dijera algo para agarrarme. Recuerdo haber visto la carta de la Mansion de Dieux, y ella habló de rupturas y de caídas. Yo recuerdo haber visto los ojos de mi papá, llorando. Luego vi la carta de “El Carro”, y me vi cargando con mochilas que no podría tolerar. La última fue la carta de “El Loco”, mi carta favorita. Entendí que sólo teniendo fuerza y una personalidad diferente, podría estar acorde con las circunstancias.

Pasó el tiempo (escucho Pink Floyd y, juro que no da un domingo escucharlo), y me encuentro deambulando nuevamente por mi casa. Que ya ha dejado de ser mi casa. Es la casa del recuerdo de él. Porque todo lo invade esa ausencia. Una vez alguien me dijo que yo dormía muy poco en mi casa. No le pude contestar que desde que mi padre no está, el sueño se me ha vuelto ingobernable. Ya no duermo, y doy innumerables vueltas para soportar que no esté. Creí que si negaba que no estaba, si estaba todo el día afuera, si estaba en otra casa, si estaba con alguien que me ayudara a mitigar esa ‘no presencia’ iba a estar mejor. Creí que la verdad estaba en un espejo al que me acercaba para ingerirme y para llenarme de mí. No me di cuenta de que estaba tan vacía hasta que me empecé a mirar realmente. (How I wish you were here). No era ni bueno ni tierno. Él me enseñó que las mujeres son débiles, y lloran. Por eso los Torrisi no lloramos. (no lloré cuando él murió) No lloro –salvo ahora que hace frío y llueve y no tengo distractores que me hagan pensar en otra cosa- (¿aclaré que ni cuando llevé el cajón, derramé una lágrima?). Yo no lloro porque soy Torrisi. Los Torrisi aprendimos a sostener al otro, no que nos sostengan. Tal vez, ése sea nuestro error. Nos creemos omnipotentes, y sufrimos de heridas constantes en las piernas. Desde las úlceras de mi abuelo, hasta el problema de rodillas de mi padre. Yo como buena hija adopté aquello que me enseñó, tanto que sufro desgarros en las piernas cuando me sobre-exijo. Casualmente esos momentos se dan cuando debo ser algo que naturalmente no me sale. Ser Torrisi no es algo que me nazca orgánica ni biológicamente, es algo que aprendí a lo largo de mi vida. Ser Torrisi es ser la perfección, es ser impenetrable y ser absolutamente imposible de completar. Ser Torrisi es ser inabarcable.

Mi papá era demasiado grande. Jugué mucho tiempo a ponerme sus pantuflas y mientras caminaba en ellas, él se reía (no sonreía) al verme como tropezaba. Y mientras me quedaba caída, le ponía una cara –dios, espero no repetirla en la actualidad- y él me daba una mano. Era mi felicidad total ver que alguien tan grande me levantara. Y enseguida me decía “Karina, vas a crecer tanto, que mis pantuflas te van a quedar chicas”. Aún no entiendo nada de lo que quiso decir. Ni crecí de altura (conservo el lamentable metro cincuenta y siete) ni maduré como él esperaba.

Cuando me llevaba a la fábrica, me ponía un enterito jardinero. Siempre tuve enteritos jardineros, salvo en la actualidad, porque mi madre considera que soy poco femenina (No es la única que considera eso). Mi mejor amiga, cuando me agarran los ataques de llanto, me aconseja que empiece a mostrar este aspecto. Ella ignora absolutamente que los Torrisi no lloramos nunca, y que ese signo de debilidad es imperdonable. Se llamaba Pathos, no? La ausencia del que no está presente.

Escena: Vito Corleone y su ahijado Frankie. En realidad era una encarnación de Frank Sinatra, el film de Coppola busca mostrar la relación que hay entre la mafia y ‘la voz’ (basta de digresiones…), en fin, Frankie llora porque se sabe incapaz de alcanzar el papel por el que ha soñado toda su vida. Su padrino lo mira, con rencor, con ira y con vergüenza, le pega una cachetada y le dice a los gritos en pleno estudio: “¿¿¿Llorar??? ¡¡¡Eso lo hacen las mujeres!!!. Acto seguido, él le hace una burla tan desagradable, pero ahí, lo veo a él que se da vuelta y me mira, con esos ojos tan grandes y tan extraños (porque mi papá tenía los ojos muy grandes, color miel, creo que era uno de los rasgos que le daban algo de ternura a su mirada). Él me mira y me dice, ves Kari? ves por qué no hay que llorar. Y bajé la mirada. No quedaba nada de qué hablar (¿estoy cantando?). tampoco queda mucho de qué hablar.

Escena dos: Karina frente a unas plaquetas. No eran iguales a las del otro. Eran diferentes. Pero tomarlas en la mano, le hizo recordarlo. Alguien le dijo: “Te trataba como a un hijo”. A ella le dolió, lo sé bien. A mí no, porque los Torrisi no sienten nada. Ella se sintió herida en su femineidad. Yo no, porque él me dio toda la mirada. Yo fui única para él. Y él fue “El HOMBRE”, con todas las letras. El único que me sostuvo, y el único que me pagó un curso de alineación y motores. El único que confió para que manejara el auto (al cual él llamaba ‘su vida’). Él confió en mí, para que yo fuera todo aquello que quisiera. Antes de morir me dijo, que en el fondo, ser mujer no era tan malo. Hay algunas que son inteligentes. Yo, por ejemplo.

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